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Mi padre se matriculó este año en la Nau Gran. Es una Universidad para mayores de 65 años. Se matriculó en Psicología. El caso es que el otro día le vi leyendo unos apuntes que le habían dado. Tenían que ver con el tema de la Identidad, aunque conceptualizado desde la Psicología Social como Autoconcepto. Me preguntó cuál era la diferencia entre autoconcepto y autoestima. Eso era fácil. También me preguntó cuál era la diferencia entre autoconcepto e identidad, eso no es tan fácil.
Le contesté que me gustaba que me hiciera esa pregunta, sobre todo teniendo en cuenta que el estudio de la Identidad es mi especialidad de investigación, generalmente asociado a los cambios que ocurren a lo largo de las transiciones vitales. Si yo te pregunto ‘cómo eres’ o ‘¿quién eres?’ me responderás toda una serie de atributos y rasgos personales acerca de ti, atributos que en general corresponderán a aspecto físico, rasgos de personalidad, juicios acerca de rendimiento en diferentes ámbitos tales como el académico, profesional, familiar, conyugal, etc… Todo eso es lo que generalmente entendemos por autoconcepto. El autoconcepto está formado por este tipo de autorrepresentaciones, características autoatribuidas que son reconocidas conscientemente por el sujeto y que valora afectivamente (de ahí surgiría ese componente evaluativo que es la autoestima).
Comparar las tres descripciones siguientes (Zacarés 2000, p. 1 y p.4):
“Yo soy un niña normal, ni muy guapa ni muy fea, tampoco soy muy alta. Soy rubia y con ojos marrones. No me enfado muy a menudo, soy bastante simpática, me lo paso muy bien con mis amigos y amigas. De inteligencia y estudios voy bien, saco buenas notas. Soy delgada, bastante delgada. También me gusta mucho hablar. Soy una buena chica, no soy ni lista ni burra.” (Niña de 10 años).
“Soy una persona muy inestable; a veces, bueno, la mayor parte del tiempo, me siento feliz. Y de vez en cuando me cambia el humor, sin ningún motivo en concreto. Me gusta ser diferente de todos los demás y me gusta pensar que soy bastante moderna. Hasta los 11 años iba bastante a la parroquia, pero desde entonces he estado pensando en la religión y a veces no creo en Dios. Cuando estoy nerviosa hablo mucho, y esto les causa mala impresión a las personas que acabo de conocer, cuando lo que yo quiero es quedar bien.” (Chica de 14 años).
“¿Qué si me he preguntado quién soy yo? Sí, creo que muchas veces. No sé si cuando sea mayor seré capaz de expresarme a mí misma, si tendré más confianza en mí misma, pero sigo sin saber qué es lo que haré en el futuro, es como bailar en la cuerda floja, nunca se está seguro de lo que va a suceder. No sé: a veces me siento como si fuese la persona más importante del mundo y otras parece que soy otra persona. Es muy difícil conseguir un equilibrio “ (Elena, 16 años).
Podríamos analizar, como hacía Kegan en el primer capítulo que os dejé, estas narrativas a partir de su modelo teórico. Lo que me interesa es que notéis las diferencias entre los ejemplos, incluso si notáis alguna evolución. Puede que no notéis exactamente cuál es la diferencia o las diferencias, pero sí que son narrativas diferentes. La primera es un buen ejemplo de típica respuesta basada en realizar un recuento de atributos. Claramente refleja lo que Kegan denomina estadio de categorías durables. En la segunda y tercera llama la atención un aspecto que creo que es interesante. No son tan coherentes, reconocen diferentes en la manera de ser según el contexto o el momento, sobre todo en la tercera. La segunda está en transición entre las dos. La tercera incluye un aspecto de dirección o proyecto hacia el futuro.
La tercera narrativa tiene mucho más que ver con lo que se entiende por Identidad: ¿quién eres más allá de atributos, rasgos o juicios personales? No es tanto el aspecto descriptivo de cómo eres sino un aspecto más existencial de quién eres ahora, en el pasado, en el futuro, aquí, allí, etc…
Una definición clásica es esta que planteó Erik Erikson:
“ He denominado sentimiento de identidad interior a la integridad / totalidad que ha de lograrse en este estadio (adolescencia). A fin de experimentar la integridad, el joven debe sentir una continuidad progresiva entre aquello que ha llegado a ser durante los largos años de la infancia y lo que promete ser en el futuro; entre lo que él piensa que es y lo que percibe que los demás ven en él y esperan de él. Individualmente hablando, la identidad incluye (pero es más que) la suma de todas las identificaciones sucesivas de aquellos años tempranos en los que el niño quería ser –y era con frecuencia obligado a ser- como la gente de la que dependía. La identidad es un producto único que en este momento enfrenta una crisis que ha de resolverse sólo en nuevas identificaciones con compañeros de la misma edad y con figuras líderes fuera de la familia (Erikson, 1971, p.71).
Aunque el concepto de Identidad es un elemento clave en la obra de Erikson, los que más han contribuido a su estudio y desarrollo han sido discípulos suyos tales como James Marcia (que desarrolló la teoría de los Estatus de Identidad) y Dan McAdams (que lo relaciona con aspectos narrativos y sobre todo ligados a otra crisis estudiada también por Erikson, la Generatividad). Hay muchos más pero estos dos son especialmente interesantes.
He leído muchos trabajos sobre este tema. Voy a dejar un capítulo de Juanjo Zacarés, un profesor de Valencia, pionero en España en el estudio de la Identidad, que explica y desarrolla muy bien todo este tema. Igualmente dejaré un artículo centrado reflexionar acerca de cómo intervenir sobre el desarrollo de la Identidad. Leyendo eso podréis extender y ampliar este fascinante tema.
No obstante ahora quería traducir lo que escribe McAdams en un capítulo titulado “Narrative Identity and narrative Therapy” publicado en el 2004. Creo que es una de las definiciones más claras y concisas, por eso lo quería traducir. Es todo lo que sigue (McAdams, 2004, pp.160-162)
<<El punto de partida para el modelo narrativo de McAdams (1985) es el concepto evolutivo de ‘identidad del ego’ formulado por Erikson (1963). Erikson mantenía que en la adolescencia tardía y la juventud adulta (el quinto de sus ocho estadios) se confronta por primera vez el problema de la identidad frente la confusión de identidad. En este momento del curso vital, se exploran opciones laborales e ideológicas disponibles en la sociedad y al mismo tiempo se explora un amplio rango de roles sociales, con el propósito de ir consolidando toda una serie de creencias y valores en una ideología personal, realizando compromisos personales provisionales con planes y proyectos vitales que prometan situarlos en nichos sociales significativos (Marcia, 1980). (…)
La Identidad es una configuración integrada del sí mismo-en-el-mundo-adulto. Esta configuración se integra de dos maneras. Primero, desde un sentido sincrónico, la Identidad integra el rango amplio de roles y relaciones diferentes y probablemente conflictivas que caracterizan una vida determinada. “Cuando estoy con mi padre, me siento huraño y deprimido; pero cuando hablo con mis amigos siento una oleada de optimismo y amor por la humanidad”. La Identidad necesita integrar estos dos aspectos de manera que aunque parezcan muy diferentes, puedan ser percibidos como partes integrales de una misma configuración del sí mismo. Segundo, la Identidad tiene que integrar diacrónicamente, es decir a lo largo del tiempo. “Me solía gustar jugar al béisbol, pero ahora quiero ser un psicólogo social”. O “solía ser católico pero ahora me considero más bien agnóstico”. La Identidad necesita integrar este tipo de contrastes de manera que aunque estos elementos del sí mismo estén separados en el tiempo (y sean cualitativamente diferentes en contenido) pueden unirse de manera significativa en un todo temporalmente organizado. Dicho crudamente, la Identidad se vuelve un problema cuando los adolescentes o los jóvenes adultos se dan cuenta por primera vez que son, han sido o podrían ser muchas (y conflictivas) cosas diferentes, y experimentan un deseo muy fuerte, alentado por la sociedad, de ser sólo de una manera (grande, integrada, dinámica). Naturalmente la unidad y el propósito en la vida perfectos son un ideal y puede que incluso no sean deseables de ninguna manera (Gergen, 1992; McAdams, 1997). Pero el concepto de Identidad de Erikson subraya una tendencia integradora del sí mismo que se vuelve especialmente importante por primera vez en este momento de la vida (de adolescencia tardía hasta mediados de los 20) que Arnett (2000) ha etiquetado recientemente como adultez emergente. Antes de este período evolutivo, no hay identidad.
Esto no quiere decir que no hay sí mismo (self). Ni quiere decir que la gente no sepa “quiénes son” antes de la adolescencia tardía. Pregunta a cualquier niño de 10 o 3 años. Pueden decirte quiénes son. Te dirán su nombre. Te pueden listar rasgos, roles, relaciones, cuál es su comida favorita, cosas que no les gustan, etc… Sería absurdo sugerir que los niños no tienen un sentido de sí mismos. Pero según Erikson, los niños no tienen una identidad porque la integración de su sí mismo no supone todavía un problema psicosocial para ellos. El término eriksoniano de Identidad es por lo tanto, más técnico y delimitado que el uso común que se le suele dar en Psicología, Sociología y en el habla cotidiana. Desde esta perspectiva, la Identidad no es un sinónimo del “sí mismo” ni del “autoconcepto” ni siquiera de “quién soy”; más bien se refiere a una cualidad o condimento particular de la propia comprensión que tiene la gente de sí misma, una manera en la que el sí mismo puede ser configurado u organizado. Hasta el extremo que la autocomprensión de una persona está integrado sincrónica y diacrónicamente de manera que se sitúa en un nicho psicosocial que le proporciona cierto grado de unidad y propósito a su vida, esa persona “tiene” identidad. La Identidad por lo tanto no es algo que la gente empiece a plantearse los años de la adultez emergente. En este momento, la gente empieza a organizar sus vidas en historias autodefinitorias. Una historia internalizada de sí mismos que integra al sí mismo sincrónica y diacrónicamente, explicando por qué soy un huraño con mi padre y eufórico con mis amigos y cómo sucedió (paso a paso) que dejé de ser un católico al que le gustaba el béisbol para convertirme en un psicólogo social agnóstico.
¿Por qué espera tanto la Identidad? ¿Por qué no se elaboran historias vitales que proporcionen unidad y sentido hasta los años de la adultez emergente? Mostrando su influencia freudiana, Erikson sugirió que el momento temporal estaba vinculado al sexo. Erikson mantenía que la erupción de la sexualidad genital en la adolescencia ayuda a emprender el proyecto de identidad, porque señala la adquisición de un estatus de adulto hecho y derecho, en el amor y el trabajo. Más allá, la pubertad y sus cambios cualitativos en la apariencia y sensaciones corporales, pueden producir la toma de conciencia de que ya no soy más un niño, y con esa comprensión viene una nueva interpretación de la propia historia personal: “No sé cómo soy ahora, pero ya no soy más como era” (McAdams, 1985). La infancia se vuelve el pasado recordado y la adultez el futuro anticipado.
Erikson (1959) afirmó que igual de importantes eran las relaciones sociales cambiantes así como las expectativas sociales: “es de gran relevancia para la formación de la identidad del joven que se le responda y se le dé función y estatus como una persona cuyo crecimiento y transformación gradual tenga sentido para aquellos que empiecen a ser importantes para él” (p.111). Los padres, los profesores del instituto, los hermanos, los amigos, los orientadores, el mundo de los negocios, los medios de comunicación, y muchos otros aspectos del la sociedad moderna explícita e implícitamente espolean a los adolescentes y jóvenes adultos a “tener una vida” (Habermas & Bluck, 2000). Es momento de tomar decisiones acerca del futuro, acerca de la escuela, el trabajo y (para algunos) el matrimonio y la familia. En general las sociedades occidentales “esperan” que los adolescentes y los jóvenes adultos empiecen a examinar las ofertas laborales, interpersonales e ideológicas de la sociedad y, eventualmente que se comprometa, aunque sea temporalmente, a estos nichos personalizados en el mundo adulto. Esto es lo mismo que decir que tanto la sociedad como el adulto emergente están preparados para las experimentaciones de identidad del individuo una vez se ha vuelto un adulto emergente. (…)
Avances en el desarrollo cognitivo pueden resultar instrumentales para la emergencia de la Identidad en este momento del curso vital. A partir de Breger (1974) y Elkind (1981), McAdams (1985) argumentó que el pensamiento de las operaciones formales ayuda a proveer los recursos cognitivos necesarios para la exploración de identidad. Con la consecución de las operaciones formales, los jóvenes pueden realizar un pensamiento hipotético-deductivo y contemplar de manera sistemática un infinito rango de ideales y escenarios hipotéticos que podrían aplicar a sus vidas. La Identidad se vuelve una abstracción especialmente atractiva para el pensador abstracto. >>
Era un trozo largo, pero creo que bastante aclarador. Resultaría más aclarador si lo conectarámos con el modelo de Kegan. Creo que os daréis cuenta que el concepto de identidad que se maneja exige al menos un cuarto orden de conciencia, una estructura capaz de integrar componentes menos complejos que la constituyen. Es justamente eso lo que lo diferencia del tercer orden, dónde no existe todavía esa estructura compleja capaz de organizar los diferentes componentes a los que uno está sujeto.
Espero que esto resulte útil a la hora de entender el caso que veremos.
Un saludo
Alejandro